Hace poco fuimos a ver este espectáculo, y me encantó. Las destrezas de los artistas estaban muy pulidas y fue notorio el nivel de los números que realizaron.
lunes, 30 de mayo de 2011
PSY - Les 7 doigts de la main
sábado, 5 de febrero de 2011
Idas y vueltas
Hace tanto tiempo que no escribo aquí, que ya había olvidado cómo era incluso la pantalla donde colocar el texto. No es algo de lo que esté orgulloso, por cierto... pero el trajín del día a día, y las más que múltiples obligaciones hacen que poco sea el tiempo que se le pueda dedicar a uno mismo.
Este espacio fue creado para compartir aquellas pequeñas cosas que nos hacen dar cuenta de que vivimos, y que esté vacío podría significar que no han sucedido. Pero nada más lejos de la verdad: hubo muchos pequeños momentos de felicidad en este tiempo. O momentos no tan felices, pero que me dejaron algo con su visita. No es mi intención hacer justicia con ellos y enumerarlos, porque nadie querría leer eso... pero tengo ganas de decirles algo:
Aunque no exista una razón para hacerlo, y aunque les parezca una actitud tonta... tómense un minuto cada día (un minuto entre 1440) para evaluar qué es lo bueno que pasó en esas últimas veinticuatro horas. Seguramente eso los hará más felices cada vez.Volveré, y seré alfajor.
miércoles, 24 de noviembre de 2010
Cambiar de trabajo...
La preocupación de estos días es si uno va a llegar a fin de mes o si por lo menos llega con dinero. El trabajo en este escenario es muy decisorio porque nos ayuda a poder seguir con nuestra idea de una vida mejor y más llevadera. Actualmente tenía un trabajo que se dedicaba a la atención al público, y si bien es detestable para algunos, para mi era muy entretetina. Realmente y la mayor parte del tiempo disfrutaba escuchar a las personas o en mi caso tratar de darle la mejor atención posible. Tengo que admitir que en ciertas ocasiones sentía culpa por no poder dar finalización a su reclamo o duda. Después de casi dos años este trabajo se torna un poco rutinario y desgastante, sumándole que además debía hacer militancia política porque era un puesto del sector público de la nación. La idea de cambiar venía rondando mi cabeza durante varios meses... hasta que tuve el valor de poder tomar una decisión firme: cambiarlo.
La idea de cambios en la vida no es nada sencilla porque el ser humano se acostumbra a poder tener el control de determinados factores y tratar de que permanezcan así durante mucho tiempo. A nadie supongo que le gustaría andar cambiando de trabajo, auto o novio... como de remera. Y sobretodo a mi me cuesta mucho el hecho de poder desapegarme de las personas o de los lazos que formo. Por eso esta decisión fue muy complicada, lo bueno de todo es que pude contar con el apoyo de una familia ajena a la mía, que pudo darme su apoyo y contención.
Los cambios son bueno, regeneran las energías y tus ánimos... aunque sean dramáticos aún así son positivas en nuestras vida... Quién no paso por un cambio recientemente??
lunes, 1 de noviembre de 2010
Mirar tele acostados
Desde adolescente siempre tuve una concepción contraria a la que mis amigas tenían. Ellas pensaban que salir a boliches, a bailar o a tomar algo era lo más copado y lo que más se usaba. Aun no sé como nunca me terminó de cerrar esa idea, supongo que es porque tiene que ver con mi personalidad. Hoy con mis 24 años de edad sigo pensando en que uno tiene que divertirse con las cosas que uno sienta que le hacen bien aunque a los demás les parezcan aburridas o tontas.
Pasar momentos importantes y exitosos en esta vida son necesarios e indispensables pero pasar momentos cálidos y de amor... son los que a uno le hacen encontrar un sentido a esta vida.
viernes, 29 de octubre de 2010
Después de un largo tiempo...
lunes, 14 de diciembre de 2009
El arbol de Navidad
Esta es la historia de un pueblito y su gente, o mejor dicho, es la historia de un arbolito de Navidad que dio mucho que hablar.
En el pueblo de Santos Cielos, todos los años y desde hace mucho tiempo, cada ocho de diciembre se armaba un gran árbol de Navidad en la plaza principal. Todos colaboraban en su decoración.
Cada persona del pueblo, rico, pobre, gordo, flaco, viejo o joven, colocaba su adornito, ofrenda o cartita, para que el árbol cada año luciera más lindo que el anterior.
Era una especie de fiesta para todos, en la que la mayoría trataba de darle al arbolito lo mejor que tenía. Por supuesto nunca falta alguna persona que no estaba de acuerdo con algo: podía ser el color de la cinta, el tipo de moño, el tamaño de la cartita.
Lógicamente, cada uno de los habitantes del pueblo armaba el arbolito en forma muy parecida a cómo vivía su vida.
Los más sencillos, colocaban adornos simples, pero no por eso menos bellos. A los que les gustaba presumir, colocaban los adornos más grandes y que más llamaran la atención de todos. Las personas más serias, ponían moños de color bordó lisos o tal vez verde oscuro, los más alegres, moños y cintitas de todos los colores.
El alcalde del pueblo era un señor muy bueno, al que todos llamaban Bonachón. Ese era su verdadero apellido, pero como realmente era muy bueno el nombre le venía como anillo al dedo.
Don Bonachón supervisaba el armado del árbol que duraba varios días. La costumbre era empezarlo el día 8 y terminarlo el 24 de diciembre.
El alcalde se encargaba de revisar uno por uno los adornos que la gente llevaba para que todo estuviera en orden. Así era que evitaba más de un problema.
– ¿Qué se supone que traes ahí Clarita? Preguntó asombrado Don Bonachón al ver a la niña con un helado de frutilla y pistacho, yendo directo al arbolito.
– Es para nuestro árbol pues le combinan los colores, los sabores no me gustan pero lo pedí así para que quede más lindo, nada más ¿buena idea verdad?
El alcalde no sabía cómo decirle a la niñita que un helado no era realmente el mejor de los adornos, no quería desilusionarla, pero por otro lado, tampoco podía dejar que el helado se derritiera sobre una rama.
– ¿A que adivino preciosa? Este rico helado lo has traído para mi ¿verdad? Hace mucho calor aquí, debo pasar horas cuidando nuestro árbol. Ya sabía yo que alguien pensaría en este pobre alcalde y me traería algo fresco y además con los colores de Navidad ¡Gracias, muchas gracias!
Clarita se fue sin querer discutir con Don Bonachón y lo saludó con una sonrisa, mientras pensaba qué otra cosa conseguir para el arbolito.
Luego llegó Pedrito un niño muy humilde. Se paró frente al árbol, elevó su mano hacia una de las ramas e hizo como si dejara algo en una de ellas. La verdad es que no había puesto nada, pero se fue muy contento. Don Bonachón presenció la escena muy intrigado, pero no dijo nada.
Al rato llegó una señora muy adinerada en su lujoso auto. De allí bajaron una gran lámpara con cientos de luces pequeñas y cristales que colgaban.
– Vengo a darle un toque de lujo a este árbol, con estas luces en la punta lucirá como el mejor de todos y esto, gracias a mi generosidad. Dijo la señora adinerada.
Mucho le costó al alcalde hacerle entender a la señora que no podían colgar semejante lámpara del árbol, sin que éste se cayera.
Luego de una discusión nada sencilla, la señora se retiró muy ofendida con su lámpara y pensando en que la Navidad no tendría ningún toque de distinción.
La gente seguía trayendo adornos, moños y cosas para el árbol que poco a poco se iba llenando.
La Navidad se acercaba y Pedrito iba todos los días y también todos los días hacía lo mismo. Paradito frente al árbol abría su manito pequeña, hacía como que dejaba algo en una ramita y con una inmensa sonrisa se iba.
No faltó quién empezó a preguntar, no de muy buen modo por cierto, por qué Pedrito no dejaba nada. Realmente nadie entendía bien qué pasaba con él.
– ¿Nos está tomando el pelo? Decía un señor pelado muy enojado.
– ¡De esta manera no vamos a terminar ni para Reyes! Se quejó Don Apurado mirando una y otra vez el reloj.
– ¡Así cualquiera deja algo, qué vivo! Mientras nosotros nos esforzamos por poner los mejores adornos, viene este niño, tan mal vestido dicho sea de paso, y no deja nada. No es Justo. Gritaba la señora adinerada.
– Cada uno da lo que puede, Pedrito sabrá lo que hace. Dijo Don Bonachón tratando de calmar los ánimos.
Se acercaba el último día y todos se apuraban por terminar de llevar sus adornos. Clarita intentó un par de veces más llevar un postre helado y hasta gelatina de frutillas, pero Don Bonachón supo solucionar la situación.
Ese último día y como todos los anteriores, Pedrito llegó hasta el árbol e hizo lo mismo de siempre. Esta vez no se fue. Se quedó esperando a todos los demás, con la misma sonrisa de siempre.
El pueblo entero se convocó a los pies del árbol gigante que había quedado precioso.
Todos los vecinos del lugar comenzaron a contar qué le habían dado al arbolito y por qué.
Las más coquetas contaron que lo habían adornado con moños porque estaba a la moda.
Los más golosos dijeron que le habían colgado chupetines para comerlos luego.
Los descreídos confesaron que no le había puesto nada.
Los desganados que le habían puesto lo primero que habían encontrado.
La señora adinerada contó que le había puesto lo más caro que pudo comprar con todo el dinero que tenía.
Don Bonachón escuchó a todos y cada uno de los vecinos. El único que no había abierto la boca era Pedrito.
– ¿Y vos Pedrito, que le ofreciste al árbol?
De repente se armó un lío bárbaro, casi todos empezaron a hablar al mismo tiempo, nadie se escuchaba, todos querían dejar bien claro que el niño nada le había ofrecido al arbolito y que por ende, nada tenía que ver en lo hermoso que había quedado. Nadie le dio tiempo a contestar.
Pedrito escuchaba pero no decía nada. Miraba al gran árbol y la gran sonrisa seguía firme en su carita.
Cuando Don Bonachón consideró que se había hablado lo suficiente, hizo callar a todos y tomó la palabra nuevamente.
– Ahora sí Pedrito, decinos que le diste cada día al árbol por favor.
Todos se miraban como si el alcalde hubiera enloquecido pues sabían que el niño nada había ofrecido.
Pedrito se paró y dijo:
– Cada día, desde que empezamos hasta hoy, le he dado al arbolito lo mejor que tengo, un día le ofrecí mis sueños, otro el amor que siento por mi familia, otro las ganas de hacer cosas, otro día mis deseos de ser mejor y así le fui dando todo lo que tengo en mi corazón.
– ¡Qué ridículo! Dijeron los descreídos, los desganados y los presuntuosos.
Don Bonachón, emocionado por un lado y un poco triste por la reacción de su gente, les habló así.
– Está visto que mi pueblo no entiende de qué se trata la Navidad y este hermoso árbol con el cual elegimos representarla cada año.
La Navidad, aunque muchos confundan las cosas, no se trata de adornos y regalos, sino de ofrecer a los que amamos lo mejor de nosotros, de acercarnos a la familia y a los seres queridos, de compartir con todos lo que se tiene, poco o mucho no importa.
– ¿Y entonces me quiere decir porque hace años que venimos adornando este árbol si no se trata de adornos la cosa? Gritó un señor muy enojado.
– La Navidad tiene símbolos, cosas que la representan, lindas, hermosas, pero que no son lo fundamental. La excusa del árbol era para hacer algo entre todos y unirnos en Navidad y para que cada uno de uds. pusiera lo mejor de sí, ni más, ni menos. El único que realmente interpretó el mensaje fue Pedrito.
Luego de ese 24 de diciembre, las Navidades no volvieron a ser las mismas en Santos Cielos. Hay que decir que los arbolitos de los años que siguieron, no tenían tantos adornos como los anteriores, pero cada vez había más personas que depositan en aquel hermoso símbolo lo más preciado de sus vidas.
Eso sí, algo no cambiaria jamás, la sonrisa de Pedrito y no sólo en Navidad.
sábado, 7 de noviembre de 2009
Ráfaga de ternura (II)
Dedicado especialmente a los flamantes nuevos papás, Javiercito y el Moli.
¡¡FELICITACIONES!!
